Una historia familiar y un desafío generacional
- 27 mar
- 5 Min. de lectura
Por Angeles Luongo, con la colaboración de Nestor Luongo
Crecí entre pólizas y formularios. De chica, para mí eran simples papeles: los usaba para dibujar, porque mi papá me traía de la oficina los que ‘ya no servían’. Años después, cuando terminé la escuela, esos mismos papeles dejaron de ser dibujos y se convirtieron en mis primeras tareas: ayudar con emisiones, revisar carpetas y preparar renovaciones.
Sin darme cuenta, me estaba entrenando para lo que hoy puedo llamar también mi profesión.
Yo veía a mi papá salir temprano y volver tarde, siempre con esa mezcla de cansancio y serenidad que tiene alguien que sabe que su trabajo importa. Lo veía hacer cobranzas, visitar comercios, cotizar pólizas con su calculadora, y correr al centro para llegar a tiempo a las compañías. No entendía del todo qué hacía, hasta que un día lo escuché decir una frase que me marcó: “Somos una familia que cuida a otras familias”. Ese día entendí todo.
Mi papá comenzó en los años 80, ayudando a un productor de su barrio. Le pedí que me contara cómo había empezado en la profesión. Yo conocía retazos, anécdotas, pero no el hilo completo. Y mientras él hablaba, entendí que mi propio camino —como PAS de segunda generación— existe por el suyo. Por eso hoy escribimos juntos. Para homenajear un oficio que amamos, para dejar un registro generacional y, también, para que otros productores —herederos o pioneros— sepan que en esta profesión siempre hay lugar para construir.
“Mi relación con los seguros empezó a los 19 años, casi por casualidad. En esa época, el Productor Asesor era alguien de confianza para el asegurado: lo esperaban en sus casas para pagar la póliza, le ofrecían un café y conversaban de todo. Y así conocí a Rodolfo, un PAS de la zona de Laferrere y González Catán (oeste del amba), que un día me propuso ayudarlo con la cobranza. Acepté sin imaginar que ese sería el inicio de mi vida profesional.
Con el tiempo fui sumando clientes propios, hasta que él mismo me animó a sacar la matrícula y me presentó a las compañías con las que trabajaba.
Todo iba viento en popa hasta que llegó la guerra de Malvinas. Fui reincorporado al servicio militar y tuve que dejar la cartera. Rodolfo muy profesionalmente la siguió atendiendo y me guardaba las comisiones.
A mi vuelta trabajé en el Hogar Obrero como liquidador de sueldos, pero los fines de semana seguía visitando asegurados.
Nació mi primera hija, luego mi hijo, y finalmente renuncié para dedicarme por completo a esta profesión porque necesitaba algo más estable. Abrí mi primera oficina y paralelamente comencé a trabajar para un investigador de siniestros donde realizaba toda la gestión judicial, que en ese tiempo era cotejar las denuncias policiales con los sumarios.
Era otra época. El PAS llegaba a la compañía y te atendían como a un señor: te ofrecían un café, charlabas con el gerente, las soluciones eran cara a cara. Hoy valoro la tecnología, pero extraño ese trato humano. Creo que ahí AAPAS y todas las asociaciones del sector tienen un desafío constante, que no dejen de lado al PAS.
Pasaron muchos años y sigo amando este trabajo que me permitió formar una familia donde tres de mis 5 hijos son PAS. Angeles, la menor, fue quien me pidió escribir estas líneas.”
Yo, en cambio, no tenía pensado seguir sus pasos. Cuando llegó el momento de decidir mi futuro, mi respuesta fue un rotundo “no voy a trabajar en la oficina”. Quería estudiar otra cosa, ir a la universidad y hacer mi propio camino. Y lo hice: me formé en comunicación, donde adquirí otras herramientas y miradas que hoy aplico al trabajo.
La vida —que a veces nos devuelve a los lugares esenciales— me llevó otra vez a los seguros, aunque ahora desde una nueva perspectiva.

Cuando finalmente decidí dedicarme en serio a ser Productora Asesora de Seguros, entendí que podía sumar un valor distinto, entonces saqué mi matrícula. Mi aporte fue traer lo que aprendí: la comunicación estratégica, la construcción de marca personal, lo digital, la importancia de vincularnos de manera clara y humana en redes.
Porque sabemos que el PAS no solo vende pólizas: traduce, guía, simplifica, acompaña. En un mercado complejo y regulado, donde la información a veces confunde más de lo que aclara, nuestra presencia marca una diferencia real.
Mi papá siempre me dice: “No perdamos el contacto con la gente”. Y entiendo su preocupación. Él construyó su cartera caminando la calle, visitando negocios, conectando cara a cara con cada asegurado. Esa cercanía es parte de nuestro ADN familiar y profesional.
Y aunque hoy trabajemos con aplicaciones, formularios digitales, portales online y automatizaciones, creo profundamente que la tecnología es valiosa cuando amplifica —y no reemplaza— el vínculo humano.
Ser hija de un PAS con tanta trayectoria es un orgullo enorme. Yo conecto con la nueva generación de asegurados; él, con los históricos. Juntos representamos lo que creo que es el futuro de la profesión: humanidad + tecnología.
Ese es, para mí, el gran desafío de nuestra generación: digitalizar sin deshumanizar.
Este año, mientras celebramos los 40 años de Organización Luongo, siento que también es un buen momento para mirarnos como colectivo profesional.
Los PAS tenemos una historia rica, diversa y profundamente humana. Cada uno llegó por un camino distinto: algunos heredamos una oficina, otros empezaron desde cero, otros se reinventaron después de años en relación de dependencia. Esa pluralidad es parte de nuestra fortaleza.
Hoy tengo el privilegio de formar parte de AAPAS (Asociación Argentina de Productores Asesores de Seguros), y la Comisión de Innovación y Tecnología es un espacio donde buscamos justamente eso: acompañar a los colegas en esta transición entre dos mundos. El tradicional que nos formó, y el digital que nos interpela. Creo firmemente que la profesión tiene futuro si logramos combinar esos valores: la cercanía de antes, con las herramientas de hoy.
Hoy hay más herramientas que nunca para construir una carrera sólida. Por eso me animé a contar mi experiencia.
Porque mi historia no es solo mía: es el reflejo de muchas familias aseguradoras, de muchos productores que empezaron caminando la calle y de otros que hoy empiezan desde una computadora. Es, también, una forma de reconocer el camino de quienes vinieron antes, y de seguir abriendo puertas para quienes están llegando.
Yo llegué a este trabajo por mi familia. Me quedé por pasión. Y sigo acá porque creo que cada uno de nosotros —desde su historia, desde su estilo y desde su mirada— puede dejar una huella en este oficio que, desde hace décadas, transforma vidas.
La profesión cambió, sí. Pasó de la carpeta a la nube, del café en la compañía al mail, del boca a boca al contenido digital. Pero hay algo que no cambió —ni debería cambiar nunca—: la esencia humana del PAS. Acompañar, escuchar, explicar, proteger.
Dos generaciones escribimos esta columna, pero el mensaje es uno solo:
Cambia la herramienta.
Cambia el canal.
Cambia el contexto.
Pero cuidar sigue siendo el corazón de nuestro trabajo.





























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